El cierre temporal del espacio aéreo sobre el Aeropuerto Internacional de El Paso el martes por la noche reveló una tensión creciente entre el rápido despliegue de nueva tecnología de defensa con drones y la seguridad del tráfico aéreo civil. El cierre, anunciado inicialmente por diez días pero luego reducido a unas horas, se debió al uso de un sistema antidrones basado en láser del ejército estadounidense cerca del aeropuerto, una herramienta destinada a neutralizar lo que los funcionarios llamaron una “incursión de drones de cárteles”.

El incidente subraya los desafíos prácticos de integrar estas armas en escenarios del mundo real. Si bien, según se informa, la amenaza fue neutralizada, el método exacto sigue sin estar claro, con informes contradictorios que van desde un globo de un partido perdido hasta una intrusión fronteriza deliberada. El senador Ted Cruz reconoció la ambigüedad y afirmó que “los detalles de lo que ocurrió exactamente en El Paso no están claros”.

El sistema implementado, identificado como un láser LOCUST de AeroVironment, está diseñado para desactivar drones sobrecalentando componentes críticos. Sin embargo, esta tecnología presenta riesgos inherentes. Expertos como Iain Boyd de la Universidad de Colorado Boulder explican que los láseres no se detienen en el objetivo, lo que puede poner en peligro a los pilotos o causar daños colaterales. “Si disparas un láser a un dron y no lo alcanzas, ese rayo láser seguirá avanzando por un largo camino”, dice Boyd.

El atractivo de los láseres radica en su rentabilidad en comparación con los misiles, ya que ofrecen un “cargador profundo” y un “bajo costo por muerte”. Raytheon afirma que sus sistemas pueden realizar “docenas de disparos láser precisos” con una sola carga, con capacidades de disparo indefinidas dada una fuente de energía. A pesar de esto, los láseres requieren un enfoque sostenido en el objetivo y la reflectividad del material puede dispersar energía, aumentando los peligros.

El desarrollo de estos sistemas refleja un cambio con respecto a programas anteriores de láseres de alta energía menos exitosos, como la iniciativa “Star Wars” de la era Reagan. Los láseres actuales son más pequeños, más eficientes y se centran en defender activos terrestres en lugar de interceptar misiles balísticos. El sistema ATHENA de Lockheed Martin demostró derribos con drones ya en 2017, y el Ejército desplegó prototipos en Medio Oriente para 2024.

Sin embargo, el incidente de El Paso pone de relieve que la implementación en el mundo real no siempre coincide con el éxito del laboratorio. El Servicio de Investigación del Congreso señaló que los comentarios sobre los prototipos de láser “no fueron abrumadoramente positivos” y la FAA advirtió sobre el peligro que representan para los pilotos incluso los láseres de baja potencia. El cierre se debió a una falla de coordinación en la que la herramienta antidrones de una agencia se convirtió en un peligro para la aviación de otra.

El incidente sirve como un claro recordatorio de que, si bien la tecnología avanza rápidamente, la implementación práctica y los protocolos de seguridad deben seguir el ritmo. El futuro de la defensa con drones está aquí, pero conlleva papeleo, regulación y el riesgo muy real de consecuencias no deseadas.