Para muchos, eructar es un acto involuntario y, a menudo, inconsciente. Pero para un número cada vez mayor de personas, el simple acto de liberar el aire atrapado es imposible, lo que provoca graves molestias e incluso medidas desesperadas como detener los coches en las carreteras para intentar vomitar como una burda solución. Esta afección, recientemente identificada y denominada disfunción cricofaríngea retrógrada (RCPD), ha desconcertado a los profesionales médicos hasta hace poco.

La fisiología de un eructo faltante

La incapacidad de eructar no es sólo un inconveniente menor; es una falla funcional del esfínter esofágico superior. Este músculo normalmente se relaja en ambas direcciones: hacia adelante para tragar y hacia atrás para ventilar el aire atrapado. En quienes padecen RCPD, el esfínter permanece obstinadamente contraído, lo que impide eructar y, a veces, incluso vomitar. Esto provoca una acumulación de aire en el estómago, lo que provoca hinchazón, presión en el pecho y malestar debilitante.

La cuestión no se trata simplemente de etiqueta social; Cada trago introduce aire en el sistema digestivo. Normalmente, este aire se expulsa mediante eructos. Cuando ese mecanismo falla, el aire se acumula y eventualmente encuentra su salida a través de la flatulencia, no sin antes causar una angustia significativa en el camino.

Una condición recientemente reconocida

El RCPD fue descrito formalmente por primera vez en 2019 por el Dr. Robert Bastian, después de años de pacientes que presentaban el mismo síntoma desconcertante: la incapacidad de eructar. Antes de eso, se descartaba como una peculiaridad personal o un problema psicológico. Ahora, los médicos reconocen un síndrome claro caracterizado por malestar, sensaciones de gorgoteo en la garganta, hinchazón extrema y, a menudo, flatulencia excesiva.

La afección puede durar toda la vida y algunas personas nunca recuerdan un solo eructo. Es posible que otros hayan podido eructar cuando eran bebés, pero perdieron esa capacidad con el tiempo. El diagnóstico es clínico (basado en los síntomas del paciente más que en una prueba específica) porque la manometría estándar no es lo suficientemente sensible para detectar la disfunción sutil.

La solución del Botox: una solución temporal

El tratamiento actual para el RCPD es sorprendentemente simple: inyecciones de Botox. Administrado bajo anestesia general, el Botox paraliza temporalmente el músculo disfuncional, permitiéndole relajarse y liberar el aire atrapado. Los pacientes suelen experimentar una oleada de eructos en los días posteriores al procedimiento y aprenden a activar conscientemente el reflejo a medida que los efectos desaparecen.

El Botox no es una cura; proporciona una ventana de entrenamiento. Al experimentar la sensación de eructar, los pacientes pueden aprender las señales físicas sutiles (un descenso de la laringe, un ligero giro de la cabeza) que desencadenan el reflejo de forma natural. El objetivo es volver a entrenar el músculo para que la capacidad de eructar persista incluso después de que desaparezca el efecto del Botox.

Una intervención que cambia la vida

Para muchos enfermos de RCPD, la capacidad de eructar se describe como “un cambio de vida”. Después de años de malestar, el simple alivio de liberar el aire atrapado tiene un profundo impacto. Los pacientes informan una sensación de libertad, una mejor digestión y una nueva apreciación por una función corporal que la mayoría de la gente da por sentada.

RCPD es un claro recordatorio de que incluso funciones fisiológicas aparentemente menores pueden tener un impacto profundo en la calidad de vida. El descubrimiento y el tratamiento de esta afección resaltan la importancia de reconocer y abordar problemas médicos que se pasan por alto, incluso aquellos que parecen… poco convencionales.

La afección afecta a una población pequeña pero significativa, y el reconocimiento del RCPD representa un paso adelante en la comprensión de las complejidades de la fisiología humana.