La reciente decisión de la administración Trump de desmantelar el “hallazgo de peligro” de 2009 –un precedente legal crítico que sustenta la regulación climática de Estados Unidos– tiene implicaciones de largo alcance. Esta medida debilitará los controles de emisiones de gases de efecto invernadero, potencialmente acelerará el cambio climático, empeorará los riesgos para la salud pública y alterará los estándares de eficiencia de combustible.
¿Cuál fue el “hallazgo de peligro”?
El “hallazgo de peligro” se originó en la Ley de Aire Limpio de 1970, que facultaba a la Agencia de Protección Ambiental (EPA) para regular los contaminantes del aire. Inicialmente dirigida al azufre y las partículas, la ley se redactó deliberadamente para abarcar futuros contaminantes sin requerir una reautorización constante del Congreso.
En 2007, la presión legal de los grupos ambientalistas llevó a la Corte Suprema a dictaminar en Massachusetts v. EPA que los gases de efecto invernadero calificaban como “contaminantes del aire” según la Ley. Luego, la EPA se vio obligada a determinar si las emisiones de los vehículos representaban una amenaza para la salud pública.
En 2009, la administradora de la EPA, Lisa P. Jackson, emitió el “hallazgo de peligro” oficial, identificando seis gases de efecto invernadero como amenazas para las generaciones actuales y futuras. Este fallo se convirtió en la base de todas las regulaciones climáticas posteriores de la EPA, impidiendo legalmente que la agencia ignorara por completo el cambio climático.
Impacto de derogar la norma
La consecuencia inmediata es la revocación de las regulaciones de la EPA sobre emisiones de gases de efecto invernadero y eficiencia de combustible para automóviles y camiones nuevos. Esta decisión enfrentará prolongados desafíos legales, pero elimina una barrera legal clave para la desregulación.
La EPA también está desmantelando las normas sobre emisiones industriales y retrasando las medidas de reducción de metano, a pesar de que el metano es un gas de efecto invernadero muy potente. Rescindir el hallazgo hace que la futura regulación del dióxido de carbono sea significativamente más difícil sin la acción del Congreso.
Cambio climático y salud pública
La ciencia es clara: el cambio climático daña directamente la salud humana. Las olas de calor, ahora más frecuentes e intensas, plantean riesgos graves para las poblaciones vulnerables (niños, ancianos, trabajadores al aire libre), provocando deshidratación e incluso la muerte.
El cambio climático exacerba las alergias estacionales, aumenta los riesgos de parto prematuro, empeora la contaminación del aire (relacionada con el asma y las enfermedades cardiovasculares) y contamina el agua potable con bacterias tóxicas después de lluvias extremas. Los insectos portadores de enfermedades (mosquitos, garrapatas) están ampliando su área de distribución, propagando la malaria, el Nilo Occidental y la enfermedad de Lyme.
La salud mental también se ve afectada, ya que los traumas causados por fenómenos meteorológicos extremos (huracanes, inundaciones, incendios forestales) provocan daños psicológicos a largo plazo e incluso la muerte.
Contexto histórico: la agenda climática de Trump
El presidente Trump ha descartado sistemáticamente el cambio climático como un “engaño”. Durante su primer mandato, el administrador de la EPA, Scott Pruitt, intentó debilitar las regulaciones de la era Obama y al mismo tiempo preservar la conclusión de peligro para evitar batallas legales.
Posteriormente, el presidente Biden restableció reglas más estrictas y prometió una reducción de emisiones del 66% para 2035. La actual administración de Trump pretende revocar estas leyes, retirando a Estados Unidos del Acuerdo de París y de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
La administración también está obstaculizando el desarrollo de energías renovables (especialmente la energía eólica marina) y al mismo tiempo está expandiendo la extracción de combustibles fósiles en tierras federales.
En conclusión, la revocación del “declaración de peligro” representa una reversión deliberada de las protecciones climáticas, priorizando los intereses económicos a corto plazo sobre la salud pública y la sostenibilidad ambiental a largo plazo. Es probable que esta decisión enfrente desafíos legales, pero el impacto inmediato es un debilitamiento de la política climática de Estados Unidos y una aceleración de los riesgos asociados con el calentamiento del planeta.






















