Las serpientes de quilla de cuello rojo, que se encuentran en Asia, son famosas por su potente toxicidad. Sin embargo, ellos mismos no fabrican el veneno. En cambio, lo roban de los sapos venenosos que consumen y lo almacenan en glándulas especializadas en sus cuellos. Esta toxina robada puede incapacitar a depredadores como las mangostas con una velocidad alarmante; sin embargo, las serpientes parecen operar según una regla sorprendentemente simple: actúan sin miedo independientemente de si están llenas de veneno o no.
La estrategia para robar veneno
Estas serpientes acumulan toxinas de la piel de verdaderos sapos (familia Bufonidae). El veneno, llamado bufadienolida, se absorbe en los intestinos de la serpiente y luego se transporta a las glándulas nucales, bolsas de almacenamiento en el cuello. Cuando están “cargadas”, las serpientes enfrentan con valentía amenazas potenciales, hinchando el cuello a modo de advertencia.
Durante años, los científicos sospecharon que estas serpientes podían de alguna manera sentir sus niveles de toxinas, ajustando su comportamiento en consecuencia, de manera muy parecida a las víboras que sienten “llenura” en sus propias glándulas venenosas. Pero una nueva investigación cuestiona esta idea.
El experimento: ataques falsos
Investigadores de la Universidad de Nagoya en Japón probaron esta suposición. Alimentaron a 23 quillas salvajes con sapos tóxicos o presas no tóxicas. Posteriormente, las serpientes fueron sometidas a ataques simulados (inmovilizadas con un gancho, imitando a una mangosta). Fundamentalmente, los científicos vaciaron las glándulas nucales de las serpientes antes de una segunda ronda de pruebas.
Los resultados fueron sorprendentes: las serpientes mostraron el mismo comportamiento de defensa agresivo ya sea que tuvieran veneno o no. No parecieron darse cuenta de que sus reservas de toxinas se habían agotado.
¿Por qué no lo comprueban?
Deborah Hutchinson, una bióloga de serpientes que no participó en el estudio, sugiere que es posible que las serpientes no tengan una forma de evaluar con precisión sus reservas de veneno. El investigador principal, Tomonori Kodama, cree que, en cambio, pueden confiar en la memoria: recordar si su última comida fue tóxica.
Una posible explicación, según el biólogo evolutivo Kurt Schwenk, es que estas serpientes reponen su suministro de toxinas con suficiente frecuencia en la naturaleza que monitorear los niveles simplemente no es necesario.
El hecho de que estas serpientes no parezcan controlar sus reservas sugiere que, en su entorno, la exposición constante a presas tóxicas la convierte en una preocupación irrelevante.
En esencia, estas serpientes apuestan por tener suficiente veneno cuando sea necesario y, hasta ahora, funciona. Su comportamiento audaz, incluso cuando están desarmados, resalta cómo las estrategias evolutivas no siempre requieren sistemas de retroalimentación complejos; a veces, un simple engaño es suficiente.
